Embarazo,  Parto

Nuestro parto

Esta es sin duda una de las entradas más personales del blog. Desde mucho antes de plantearme tener hijos, ya empezó a llamarme mucho la atención el tema de los partos. Veía documentales, vídeos de partos… Y cuando finalmente me quedé embarazada, sentí que era plenamente consciente de a qué me enfrentaba pero sentía la necesidad de saber más y más.

Podría decirse que estudié y trabajé más que para cualquier otra cosa que haya hecho en mi vida. Conocía todo lo que podía pasar, las prácticas más habituales por parte del personal sanitario… Conocí técnicas para tomar el control y perder el miedo.

Y llegó el día en el que las contracciones de Braxton Hicks se hicieron más intensas. Era la madrugada del 24 de abril y, aunque muy irregulares, de vez en cuando notaba una contracción que no se parecía a las que había tenido hasta ahora. Así que llamé al trabajo para avisar de que prefería quedarme en casa (ya estaba fuera de cuentas). Ese día no pasó nada, de vez en cuando contracción, pero nada más.

El día 25 de abril me desperté con mucha energía, sin embargo, algo me dijo que era mejor quedarme en casa y así lo hice. Antes de comer, decidí salir a pasear a buen ritmo, el cuerpo me lo pedía y tenía la esperanza de que se desencadenara el proceso.

Y ni corta, ni perezosa, me fui solita al parque a subir y bajar las cuestas gigantescas que tiene. Y aparecieron, muy poco a poco las primeras contracciones, fruto del esfuerzo, pensaba.

Llegué a casa y comí. Después, decidí tumbarme un poco en el sofá y dormir. Pero al tumbarme, empecé a sentir contracciones mucho más fuertes, así que me levanté. Eran aproximadamente las tres de la tarde y por fin, empezó.

Comencé a anotar cada contracción en una app del móvil para saber la duración y frecuencia. Al principio me daban cada 12-15 min. Avisé a mi marido, que estaba trabajando, y le dije que le iría contando, pero que si yo no le decía lo contrario, no saliese antes de su hora.

Probé de qué formas se me hacían más llevadera las contracciones y para mi las mejores opciones fueron de pie, dejando colgar la barriga hacia delante y balanceado la cadera a los lados y, sobre todo, sentada en la pelota de pilates y haciendo Balanceos.

Mi chico llegó sobre las 7 o algo más. Yo estaba ya con la persiana bajada, unas velas puestas, música, con un saquito de calor a la mano (que no usé), mi pelota y mis tarjetas con afirmaciones positivas. Las contracciones fueron haciéndose poco a poco más fuertes y más seguidas, pero entre contracción y contracción me encontraba bien y seguía preparando cosas.

Sobre las 10 más o menos, preparé la cena. Un pescado rápido al microondas, pero cuando intenté comérmelo, no fui capaz. Tenía el estómago cerrado, sólo me apetecía beber agua.

En este momento las contracciones ya eran cada tres-cuatro minutos. Y quise esperar un poco con esa dinámica porque no quería arriesgarme a llegar al hospital y que me mandasen a casa, al fin y al cabo, me encontraba bien y a mi me habian dicho que las contracciones de parto eran insoportables.

Aunque mi chico me preguntaba cada dos por tres que si nos íbamos al hospital, yo siempre le decía que cuando pensara que había que ir, se lo diría.

No recuerdo si en este momento o un poco antes, decidí darme una ducha larga para relajarme y aliviar el dolor. En cada contracción practicaba tanto mis ejercicios de relajación como las frases positivas.

Sobre la 1 de la madrugada le dije que era el momento de marcharnos y entre que fue a por el coche y recogimos lo último nos dio la 1 y algo.

Llegamos a urgencias sobre las 2. Nos hicieron esperar unos cinco minutos y en seguida me pasaron a monitores.

Recuerdo esos 45 min como los peores de todo el parto. Tenía contracciones prácticamente cada minuto y el estar atada a un sillón y con una postura forzada porque si me movía se perdía el latido del bebé, hacía que las contracciones fueran insoportables, hasta llorar.

En esos momentos estaba desanimada porque como había llegado hasta allí tan bien, sin quejas, sin signos aparentes de dolor extremo y siendo primeriza, la matrona de urgencias me preguntó si vivía muy lejos de allí y eso en mi cabeza se tradujo en “no estás de parto” y claro, yo pensé que si esos dolores no eran de parto, no iba a aguantar los dolores de verdad.

Y entonces, tras rogarle en varias ocasiones, la matrona decidió quitarme ya el monitor y explorarme. La sorpresa fue para todos, estaba de 8 cm. Os juro que cuando me lo dijo se me saltaron las lágrimas de alegría, recuerdo que le pregunté: ¿de verdad?

Parecía que toda la preparación para el parto natural, había dado sus frutos. En cuanto pude moverme libremente, recuperé el control de la situación y, por tanto, del dolor.

Me pasaron a paritorio mientras me explicaban mis opciones. Semanas antes había presentado mi plan de parto, por lo que me ofrecieron métodos no farmacológicos para aliviar el dolor. Dado que tanto la pelota como la ducha me habían aliviado en casa, decidí combinar ambos.

Eran aproximadamente las 3:30 de la madrugada. Las contracciones empezaban a ser muy intensas y la enfermera me propuso utilizar el Entonox o gas de la risa. Lo utilice en dos contracciones, pero me mareaba y decidí dejarlo.

Unos minutos después, y sintiéndome aún un poco mareada por el gas, me puse de pie. Y de pronto, como si mi cuerpo fuese arrastrado por una corriente, sentí las famosas “ganas de empujar”. Tenía una fuerza brutal, apenas podía controlarlo. Dije a mi marido que “notaba al bebé ahí”. Él salió como loco a buscar a la matrona, que me exploró ahí mismo, en el baño, de pie y me dijo que el bebé estaba muy alto. Después me miró la cara y comprendió que yo no podía hacer nada por evitarlo.

Se quedaron conmigo la matrona y la auxiliar (y mi marido claro). Les dije que me apetecía probar la silla de partos y les pareció bien. Me pusieron un monitor inalámbrico. Me entró mucho calor y sed, así que me quité el camisón (me quedé en pelotilla picada) y bebí agua.

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Empujé un rato en la silla, pero a Ada los pujos en esa postura le bajaban las pulsaciones y me dijeron que había que cambiar. Me ofrecieron ponerme a cuatro patas o tumbada de lado (o como yo quisiera) y elegí tumbarme de lado.

Tengo que decir que la forma en la que sentía las contracciones en el expulsivo, no tenían nada que ver con como las sentía en la dilatación. Ya no eran dolorosas, sino que me hacían empujar con todas mis fuerzas.

En una de estas contracciones, mientras empujaba, estalló la bolsa. Sonó como cuando pinchas un globo y el líquido salió a presión, impresionando a las matronas y a nosotros.

Estuve así unas dos horas que viví de una forma rara. No sé si las contracciones se espaciaron o era como yo lo percibía, pero entre una y otra, me quedaba dormida. Si hubiera tenido una vía puesta, habría pensado que me habían inyectado algo, pero no era el caso. Mi chico preguntó y le dijeron que era normal.

La cosa se puso más intensa, el bebé coronaba. Entonces la matrona me dijo que si lo quería ver y me puso un espejo. Al principio me desanimé porque veía muy poco progreso, pero la matrona me instó a mirar mientras empujaba. Ahí la cosa cambiaba. Se veía perfectamente el pelito moreno de mi niña. Y me vine arriba de nuevo.

Cuando la cabeza de Ada estaba a punto de salir (cuando se nota el llamado “anillo de fuego”), la matrona me pidió que aguantara sin empujar en la siguiente contracción para evitar desgarros, entonces cogió un paño con agua caliente y lo puso en el periné para ayudar a los tejidos a dilatarse.

Tras varios pujos más y bastante dolor, salió la cabeza. Después el cuerpo del bebé debía girar para que salieran los hombros y la matrona le ayudó en el giro. En la siguiente contracción salió el cuerpo completo.

Ada nació a las 5:54 del 26 de abril de 2018.

La matrona me pasó a Ada entre mis piernas y yo me incliné, la cogí y me la puse sobre el pecho. Puse mi cara junto a la suya y le dije “ya está” y la besé.

A partir de aquí sufrí algunas complicaciones. Costó que la placenta saliera (y eso que opté por alumbramiento dirigido), cuando salió, no salió completa (ecografía, “masaje” uterino, perrerías varias) y cuando salió, hemorragia. Me pusieron una vía con oxitocina y otra medicación. Y gracias a Dios paró el sangrado.

En todo momento mi marido y mi niña estuvieron conmigo. Mi niña, en mis brazos. Por precaución, en lugar de pasar dos horas en recuperación, pasé seis. Pero me supieron a gloria porque estuvimos los tres juntos, tranquilos. Disfrutando de esos primeros momentos. Yo me encontraba bien, aunque no me dejaron levantarme hasta que se cercioraron de que la hemorragia no iba a volver.

Mi parto dolió, claro que sí, pero en él no hubo ni una pizca de sufrimiento. Salvo el susto de la hemorragia, todo fue perfecto.

Tengo que dar las gracias una vez más a todo el equipo del hospital de Torrejón de Ardoz.

También a mi marido, que supo acompañarme en ese momento, respetó todas mis decisiones, se informó conmigo…  ¡¡GRACIAS AMOR!!

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